Consecuencias psicológicas de la DANA de Valencia un año después
- Beatriz Agüera Navarro
- 28 oct
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 29 oct
El 29 de octubre de 2024, la Comunidad Valenciana, especialmente la comarca de l’Horta Sud, vivió una de las peores catástrofes naturales de su historia reciente. Las inundaciones dejaron una huella de destrucción material, pero también un "barro invisible" en la salud mental de miles de personas que, a día de hoy, persiste.
Cuando el foco mediático se apaga y se retiran los escombros, comienza la fase más larga y silenciosa de la recuperación: la emocional. Al cumplirse un año de la tragedia, los análisis de expertos y organizaciones revelan que el trauma de la catástrofe sigue muy presente.

Heridas invisibles
Una de las secuelas más evidentes y persistentes del trauma se manifiesta a través de síntomas frecuentes como:
Ansiedad anticipatoria: El simple anuncio de una alerta meteorológica, o incluso el sonido de una tormenta, puede reactivar el trauma inicial. Numerosos vecinos han experimentado nuevamente picos de ansiedad, taquicardias y ataques de pánico ante los avisos de alerta emitidos por la AEMET.
Fobia a la lluvia: Especialmente en la población infantil, estudios de Save the Children y de la Universitat de València señalan que más del 30% de los niños y niñas afectados continúa experimentando un miedo intenso a la lluvia y a las tormentas. Este temor suele expresarse en forma de insomnio o en la evitación de actividades al aire libre
El peso de los duelos múltiples
No solo hubo pérdidas de vidas, también de hogares, de negocios, de rutinas, de pertenencia. Este “duelo por lo que era y ya no será” no se limita a una sola dimensión, sino que se multiplica en diferentes esferas de la vida cotidiana, generando un impacto acumulativo difícil de elaborar.
Los duelos múltiples se manifiestan en:
Pérdida material y simbólica: no solo se pierden objetos o viviendas, sino también los recuerdos, la historia personal y la sensación de seguridad que esos espacios representaban.
Pérdida de proyectos y estabilidad económica: negocios cerrados, empleos truncados y planes de futuro interrumpidos generan frustración, incertidumbre y miedo al mañana.
Pérdida de rutinas y roles: actividades cotidianas, hábitos y dinámicas familiares se ven alterados, lo que provoca desorientación y sensación de vacío.
Pérdida de comunidad y pertenencia: el desarraigo forzado, la dispersión de vecinos y la ruptura de la red social agravan la soledad y el sentimiento de abandono.
Pérdida de confianza en el entorno: la percepción de que el lugar que antes era seguro ahora se ha vuelto hostil o impredecible incrementa la vulnerabilidad emocional.
Los síntomas de la carga emocional
La pérdida material, el duelo por las pérdidas humanas, y la incertidumbre sobre la reconstrucción han generado una compleja sintomatología psicológica que se ha cronificado en muchos afectados. Según el Colegio de Psicología de la Comunidad Valenciana (COPCV) y otros organismos, los síntomas más comunes incluyen:
Alteraciones Emocionales: Tristeza prolongada, desesperanza, agitación y frustración se presentan en una alta proporción de los casos atendidos, reflejando un proceso de duelo complejo.
Problemas Psicosomáticos: El cuerpo a menudo somatiza el estrés. Hasta el 90% de las personas atendidas ha referido síntomas físicos como dolores, fatiga persistente, y trastornos del sueño y la alimentación.
Deterioro Cognitivo y Social: Se observan dificultades de concentración, problemas para tomar decisiones y, en algunos adolescentes, una tendencia al aislamiento social y un aumento del tiempo dedicado a dispositivos electrónicos como vía de escape.
Sentimientos de injusticias, abandono y pérdida de confianza
Herida de la injusticia:La falta de respuesta rápida y humana por parte de instituciones y comunidad genera la percepción de que “esto no es justo”. Se activan emociones intensas como rabia, impotencia, frustración o culpa.
El abandono como herida secundaria: Lo más doloroso a veces no es el desastre en sí, sino el silencio y la falta de seguimiento posterior. Se vive una “soledad post-catástrofe”, donde la vida sigue para los demás, pero los afectados permanecen entre escombros físicos y emocionales. Esto puede derivar en desesperanza aprendida, retraimiento social y desconfianza hacia el entorno.
Pérdida de confianza: La desconfianza se desplaza: primero hacia las instituciones, luego hacia los demás y finalmente hacia uno mismo. Surgen dudas, autoinculpación y vergüenza, que enmascaran un dolor más profundo: la traición del entorno protector.
El impacto en la infancia: La vulnerabilidad silenciosa
La infancia es uno de los grupos más vulnerables. La pérdida de la seguridad, la alteración de la rutina y el estrés parental tienen un efecto directo en su desarrollo y rendimiento:
Regresiones y Cambios de Comportamiento: Se han detectado cambios de comportamiento como mayor agresividad o regresiones a etapas anteriores (por ejemplo, la reaparición de la enuresis nocturna o la dificultad para leer en niños que ya lo hacían).
Rendimiento Académico: El 80% de las familias han percibido un descenso en el rendimiento académico de sus hijos, reflejo de la falta de concentración y la persistencia del trauma.
Pérdida de Espacios Seguros: El cierre o la destrucción de colegios y centros deportivos supuso una pérdida de la estructura y la rutina que tanto necesitan los menores para recuperar el sentido de normalidad.
¿Qué necesitan los afectados un año después?.
Las claves para la recuperación son:
Reconocimiento y validación emocional: Sentir que su dolor y su experiencia siguen siendo vistos y escuchados, incluso cuando ya no hay atención mediática. La invisibilización prolonga el trauma.
Elaboración de duelos múltiples: No solo se llora la pérdida de vidas, sino también de hogares, rutinas, proyectos y pertenencia. Este duelo acumulativo requiere acompañamiento especializado para evitar que se cronifique.
Apoyo en la gestión del trauma: Reducción de síntomas de ansia: edad, hipervigilancia o fobias asociadas (p. ej., miedo a la lluvia o a nuevas alertas) y espacios terapéuticos para procesar recuerdos intrusivos y reacciones de pánico.
Reconstrucción de la confianza:
En los demás: recuperar la seguridad en la comunidad.
En uno mismo: trabajar la autoinculpación y la vergüenza que suelen aparecer tras el desastre.
Prevención de la desesperanza aprendida: Sin apoyo, muchas personas desarrollan la idea de que “no sirve de nada pedir ayuda”. Es clave ofrecer acompañamiento continuado para evitar retraimiento social y aislamiento.
Fortalecimiento de la resiliencia: Promover recursos internos y comunitarios que permitan resignificar la experiencia, recuperar rutinas y reconstruir un sentido de futuro.
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